Playa en Dakar

Atrapados en Dakar

Cuando llegué esta vez a Dakar, esperaba que el aeropuerto estuviera donde tenía que estar, a diez minutos del Cap Ouest, un atractivo y decadente hotel perfectamente situado frente al mar y a tan solo un paseo del aeródromo.

Eran casi las once de la noche debido al habitual retraso de Iberia. La compañía, que se jacta de ser la más puntual del mundo, no demuestra mucho interés por este trayecto más allá de los beneficios de la ventas de billetes al Ministerio del Interior para deportaciones forzosas a jóvenes que nacieron donde no tocaba soñar.

Los gritos para ofrecer diferentes tipos de transporte suponen la bienvenida a un gran número de países del mundo. Caras, voces, sonrisas, peleas, y después, la densidad del aire, el olor, la luz. Es el momento de deshacerse de unos prejuicios y apropiarse de otros, de proyectar las primeras expectativas del viaje. Se trata de la primera impresión, así que más vale que sea buena.

Me paro y sonrío porque esta vez no me toca negociar el taxi. “Voy andando al hotel”, repito una y otra vez a lo largo, primero, del pasillo y, luego, del aparcamiento. La carcajada de un taxista en la distancia me incomoda mientras, a pesar de la oscuridad, comienzo a darme cuenta que el aeropuerto en realidad no está donde tenía que estar. En 2018, el aeropuerto de Dakar pasó a estar a 60 km de Dakar.

Hotel Dakar

Mi cara de asombro no ayudó en el regateo del precio hasta el hotel, casi 40 euros pagué (25.000 CFA) por mi necedad. Luego supe que podría haber gastado algo menos y que, llegando en otro horario, había incluso un autobús hasta la entrada de la ciudad y que, de haberlo sabido antes, qué coño, me habría saltado Dakar para dirigirme directamente a una bonita playa del sur.

Pero así fue, viajé con un taxista drogado que, en un francés que no domino, repitió una y otra vez la propuesta de acostarnos juntos. La llegada al hotel tampoco fue mucho mejor. Un par de bayfals, inicialmente agradables, se empeñaron en acosarme durante la cena, obligándome a subir a la habitación antes de lo previsto. Y ya, al día siguiente, durante el desayuno, otros dos tipos se sentaron en mi mesa llevándome a perder definitivamente los nervios. El resto del día lo pasé mirando al suelo, evitando el contacto visual con cualquiera que se acercara y deseando que mi compañero de viaje apareciera cuanto antes para largarnos de esta abominable ciudad.

El Indio llegó al día siguiente desde Camerún con mucha fiebre, nuestra vieja conocida malaria. Parecía que lo mas sensato era pasar unos días en Dakar para una adecuada recuperación. Me cagué en la malaria (que ya nos había tenido atrapados en Madrid el año anterior antes del viaje a Filipinas) y en las calles polvorientas de Dakar en las que apenas se puede respirar, y en todas esas ruedas tiradas por los rincones sin motivo, y en los hombres que miran a las mujeres y no sé qué coño ven. O sí lo sabía, y eso me desesperaba, y simplemente me seguía cagando en Dakar una y otra vez.

La cosa no había empezado bien. Pero era lunes y tal vez todavía podía perderme por la ciudad y cambiar de opinión. Recordé que una vez Dakar me pareció agradable, una ciudad africana sin mucho encanto pero llena de color y de mangos jugosos como sandías. Iría a la Isla de Gorée a conversar con los fantasmas de la Casa de los Esclavos, a pedirles perdón por ser blanca y un poco de indulgencia por nacer mujer. Ellos lo entenderían, y yo olvidaría el polvo de Mad Max y las miradas de los chicos malos.

Cogí un autobús que tardó tres horas en hacer 15 km desde el hotel hasta el puerto de Dakar. Con las ventanillas abiertas por el calor, el polvo hacía insoportable el trayecto. Atravesé el cristal con la mirada, para no dirigirla a nadie en particular, y un festival de vestidos y sonrisas fueron desfilando junto a pensamientos dispersos y ensoñaciones lúcidas. Una vez en el puerto, me informaron de que la Casa de los Esclavos cerraba los lunes. Me subí de nuevo al autobús para volver al hotel. Esta vez iba lleno y viajé de pie durante dos horas, clavando mis ojos en cada pasajero que subía, sorbiéndome las lágrimas provocadas por la espesa nube de polvo que nos envolvía.

SDakar

Ya por la noche, me despertó un mosquito zumbando en mi oído. Encendí la luz rápidamente y comenzó la matanza: 1, plas! 2, plas! 3, 4, 5, 6, 10, 20, 100 mosquitos llenaron de sangre mis manos, la pared, las sábanas. No podía creer que tanta sangre hubiera salido de mí. Empecé a pensar que era la sangre de otros, de todos los huéspedes del hotel, de las prostitutas, de los hombres de negocios, de los blancos lujuriosos, de los alcohólicos agarrados a la barra. Toda su sangre esparcida por mi habitación. Había que escapar de allí cuánto antes. Agarré al Indio con o sin malaria y salimos pitando de Dakar.

Dentro de mí apareció pronto un inmenso alivio. El alivio de la libertad que hay en los viajes. El alivio de poder seguir adelante o continuar hacia ninguna parte.


Información Útil sobre Dakar

– Hay autobús desde el aeropuerto hasta la entrada de la ciudad, donde se puede tomar un taxi ya más barato, o continuar en otro autobús si a uno le sobra prisa y paciencia.

– El autobús 61 lleva directamente a la Estación Pompier donde hay multitud tipos de transportes hacia el sur, todos ellos muy muy lentos. A nosotros nos llevó al menos 2 horas llegar a Joal Fadiuth (aparte de la hora que demoró en llenarse el coche).

– Lo más interesante de Dakar sea posiblemente la visita al museo de la Casa de los Esclavos, en la Isla de Gorée (cerrada los lunes). Veinte millones de personas secuestradas, torturadas y vendidas hasta mediados del siglo XIX. Otra de las grandes hazañas de la humanidad. Horarios de la las lanchas hasta/ desde la isla:

Isla de Goree Dakar

– No comparto la idea de otros viajeros de considerar a Dakar como parada obligatoria. Y, por cierto, dormir es tres veces más caro que en cualquier otro lugar de Senegal.

– Las playas de Yoff y de la Isla de N’gore están bien tanto de visita como para alojarse (aunque si se está buscando playa, igual Dakar no es la primera elección).

– Para dormir a mí me gusta el Maan Samba, alojamiento en el que me he quedado otras veces. Aquí se puede tanto dormir, como hincharse a porros o comprar telas de alta calidad de los bayfalls que tejen en N’Dem, un proyecto de comercio justo comunitario del que realmente vive un número grande de personas. Aunque creo que ahora el precio de la habitación anda un poco más caro.

– En todo caso, es buena idea alojarse por la zona de N’gore, de la playa de Virage o la de Yoff. Por ejemplo, un hotel bastante barato y decente es la Ruche du Monde.

– Cerca queda la zona de los Almadies, que está bien para salir por la noche a tomar algo. Investigar si hay algún conciertillo, vale la pena.

– Los variados buses/ mini-buses que van dede Yoff hasta el centro/ puerto tardan de 2 a 3 horas.

– Nuestra entrada sobre Senegal incluye información práctica sobre preparación del viaje, visado,  itinerario, idioma, dinero, etc.

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