Pie de Luna

Pie de Luna (Relato)

Su pie, así, a simple vista, no tiene nada de especial. La planta, ligeramente arqueada, está rematada por unos dedos esbeltos que, en forma de abanico, le confieren cierto aire gallardo a toda la extremidad inferior. Las uñas lucen en su tono original, con un corte quizás demasiado cuadrado, como queriendo evitar los dolorosos uñeros. Unos pelitos dispersos asoman aquí y allá, por la parte superior del empeine y en el pulgar. Por lo demás, se trata de un pie agradable y armonioso, sin pretensiones.

La visión de este pie me ha proporcionado intensas erecciones. Lo he masajeado tantas veces, en ocasiones a través de suaves caricias llenas de ternura, y en otros momentos con arrebato, agarrándolo fuerte, apretándolo y hasta mordiéndolo.

Con el paso del tiempo, su pie dejó de ser un objeto de deseo para mí y pasó a convertirse en un miembro más de mi propio cuerpo, como un nuevo apéndice de mi anatomía. Cuántas veces no habré querido gritar en la cola del supermercado: ¡Oiga, no me pise usted su pie!

Mi fascinación por este pie siempre ha estado muy ligada a su movimiento. No tanto por su elegante cadencia al caminar, sino por el hecho en sí de moverse, de adentrarse en terrenos desconocidos, de abrir nuevas rutas hacia destinos inexplorados. Un pie valiente y audaz, emprendedor e incansable.

Yo acompañaba su paso hacia cualquier nueva experiencia. ¿Qué otra cosa podía hacer ante tanta determinación? Primero caminaba firme a su lado, más tarde apenas lo alcanzaba en su frenético deambular por el mundo y, finalmente, mis extremidades entumecidas gritaban con toda su alma: ¡Espere, por favor!

Le pregunto a mi compañera si no se fatiga, si su pie no merece unos días de asueto. Ella sonríe, su mirada se ilumina y, de pronto, me deslumbra.

Sus ojos son corrientes, así como su boca, su nariz y sus orejas. No sobresale en ellos ninguna característica digna de un poema y, sin embargo, brillan ante mis preguntas con una dulzura desconcertante, abandonando su acostumbrado aire triste y soñador. En ellos habita un mar de serenidad esperanzador. Y entonces me asalta la duda.

¿Es su pie a quién persigo o son sus ojos los que anhelo?

Sobre su pie hemos bailado y saltado, viajado sin rumbo, hoy en Madrid, ayer en Malanche y en Recife, mañana en Putrajaya y Wollongong. Pero ahora esos ojos de sosiego y paz me envuelven con demasiada fuerza.

– Te están saliendo ampollas, tienes los pies cansados- le digo sin mucha convicción, pero con el afán de que vuelva a encender mi pasión al observarme.

Su pie ha comenzado a correr. Ella me mira sorprendida, como si no tuviera la intención de seguirlo. Ya no hay calma y aplomo en su castaño lago cristalino, sino un agujero oscuro e indescifrable. Y su pie está ahí abajo, imparable, empujando el suelo y dejándolo atrás con el impulso irracional del miedo.

Se agacha para intentar apaciguarlo, lo rasca y le palmea de forma conciliadora, pero él continúa a lo suyo, atravesando ríos y subiendo montañas. Apresurado e inalcanzable.

Se detiene cuando le da la gana, dilatando el tiempo a sus anchas. Retoza en la arena blanca de una isla cualquiera o estruja las hojas de otoño en un bosque de sueños. Luego se sumerge en el agua de lagunas y mares, y se siente pez hasta que tiene la necesidad de correr de nuevo.

Yo sé que ella se quiere quedar conmigo, con sus ojos, su boca y sus pies, compartiendo las noches de calor bajo la manta y las mañanas de sábanas y suspiros. Pero, ¿qué puede hacer? ¿Abandonar sus pies en cualquier lugar? Eso sí que estaría mal.

Observo mis pies feos y cansados. Les han salido unas extrañas úlceras en el empeine y los hongos devoran unas uñas casi inexistentes. Los intento animar con palabras de aliento para hacer un último esfuerzo, pero se sienten doloridos y apáticos, por lo que que desisten en seguida.

Ella se lleva consigo mi amor y su pie, mi anexo. Él sigue moviéndose soberano por los continentes, en dirección a la cima y hacia el abismo. Continúa dando vueltas por la Tierra como la Luna. Así que ya solo puedo verla cuando pasa de nuevo por el punto de partida, cuando su pie repone fuerzas en mi abulia.

Un día me pregunta si la quiero a mi lado, si no sería mejor que se amputara los pies. ¡Claro que no! Qué ocurrencia, nunca le pediría que renunciase a una extremidad tan única y original. En realidad ella ya conocía mi respuesta, habíamos recorrido muchos caminos juntos, algunos incluso interiores. Al fin y al cabo fui yo quien se apeó de una itinerancia hasta entonces compartida.

Ahora sus pies caminan libres y distantes de los míos, aunque nuestros ojos navegan por los mismos océanos.

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