Trujillo - Garifuna - Destacada

Trujillo y las Comunidades Garífunas de Santa Fe y Santa Rosa de Aguán

La vida, si uno se lo permite, puede llevarle a uno a lugares sorprendentes. Llegué a Honduras de rebote, en una visita a M. L. que vivía en una de las ciudades más peligrosas del mundo, San Pedro Sula. Una vez allí M. L. me pidió que buscara un lugar bonito para irnos una semana de vacaciones y no supe encontrar nada que no fuera la típica guirilada turística. Un par de días antes de nuestra escapada, por casualidad, un conductor hondureño muy salado acertó a decir «pues Trujillo es muy bonito».

Trujillo. Mi cerebro me transportó a la foto de Pizarro a caballo del libro de texto de 8° de EGB, y me pregunté, pero ¿cuantos Trujillos existen?… y qué nombre tan curioso. Yo ya he estado en alguno de ellos, en el peruano, y como el nombre me llama la atención, con esa T mayúscula, su «j», y su «ll», letras rara vez encontradas en la misma palabra, me lanzo a investigar.

El Trujillo hondureño es la capital del departamento de Colón, al noroeste del país. Una bonita ciudad costera, con playas espectaculares, condenada a ser la eterna actriz secundaria en el esperpéntico circo turístico que protagonizan La Ceiba y las islas del Caribe hondureño.

El desarrollo turístico se vio frenado de golpe en el año 1998 con los destrozos provocados por el huracán Mitch, y la ciudad nunca se terminó de recuperar.

Un segundo intento, mucho más agresivo, ha sido el del «rey del porno canadiense» que, haciendo uso de malas artes, se ha hecho con tierras de la comunidad garífuna y todavía hoy está intentando transformar las tranquilas playas caribeñas de Trujillo en Vacaciones en el Mar, con la llegada masiva de sus cruceros que exceden la capacidad portuaria de esta pequeña localidad. Un desastre, vaya.

Garífunas

Un momento… «GARÍFUNA». Otra palabra curiosa, una «G», una «F», una «N»… magnífica. Garífuna es el nombre de una etnia descendiente de los pueblos del Caribe y de náufragos africanos que, en el siglo XVII, producto del tráfico de esclavos hacia a las Indias Occidentales, llegaron a la Isla de San Vicente.

Actualmente se encuentran comunidades garífunas en varios países centroamericanos. En Honduras se localizan sobre todo en la costa norte del país. Entre las más conocidas destacan las de Tornabé, La Ensenada y Triunfo de la Cruz, a mitad de camino entre San Pedro Sula y La Ceiba, Chachahuate en Cayos Cochinos, Corozal en La Ceiba y ya en Colón las de Guadalupe y Santa Fe. Son en total 51 comunidades, cada una de ellas con su sabor característico.

Estas comunidades tienen un tejido social muy fuerte en el que reina la honestidad y la preocupación por lo que le ocurra al vecino, y una cultura muy interesante con su propia lengua y su música, algunos de cuyos ritmos son muy populares en todo el país. Tanto es así que en el año 2001 la UNESCO incluyó la lengua, la danza y la música garífuna en la lista de Obras Maestras del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.

Cuanto más leía sobre Trujillo y las comunidades garífunas más interesante me iba pareciendo el plan. No se hable más, decidido.

Trujillo

Trujillo - Honduras

La ciudad de Trujillo nos sorprendió. Lo primero que vimos claro fue que no había problema para pasear por cualquier parte de la ciudad, incluso por la noche, cosa que en San Pedro Sula es del todo impensable. Además, el aire de pueblo tranquilo, colonial, al borde del mar, le embriaga a uno, le imbuye en otra atmósfera mucho más despreocupada en la que echar una cerveza peregrina en los chiringuitos una playa sin gente, o tomar un delicioso pollo a la brasa con tajadas en un puesto de la plaza para terminar un domingo como está mandao.

Playas desiertas, hoteles vacíos, la belleza del mar contrasta con lo apocalíptico de la situación hotelera. Por cierto, no recuerdo muchas habitaciones de hotel más austeras que aquella donde nos metimos en Trujillo, aunque hay que reconocer que el lugar era carismático y acogedor, se encontraba al lado del mercado donde se desarrolla toda la acción de la mañana y donde se puede charlar un rato con gente estupenda.

Trujillo - Honduras - Hostal

Santa Fe

Después de dos días, y casi obligándonos, decidimos irnos a Santa Fe sin saber si habría un lugar donde dormir. Un rato de autobús más tarde llegamos a un mar de ensueño. Caminamos su playa lentamente, explorando las posibilidades de alojamiento, pero entendiendo desde el principio que aunque no encontráramos hotel no saldríamos de allí corriendo, estábamos dispuestos a quedarnos como fuera. Finalmente no hubo que dormir en la playa y apañamos una habitación en un hotel decente donde pasar la noche, el único que vimos, por cierto.

Acá se pueden quedar bebiendo hasta quedar inconscientes en la playa, que cuando despierten al día siguiente todo estará bien, nadie toca nada que no es suyo. Santa Fe es totalmente seguro, aquí nos conocemos todos y si llega alguien que vaya a traer problemas lo echamos rápidamente...” nos dice el dueño del bar en la playa mientras nos sirve una Coronita bien fría. La experiencia garífuna había comenzado con buen pie.

La puesta de sol en Santa Fe se disfruta más en compañía de este grupo de viejos amigos. Casi todos viven fuera, en Estados Unidos, pero vuelven a Santa Fe todos los años a disfrutar de su comunidad, a reír, a conversar entre Coronitas, a compartir su cultura con estos dos guiris que se sienten como si estuvieran en un lugar de sobra conocido.

Trujillo - Santa Fe

Estuvimos tres días en Santa Fe, que bien podrían haber sido treinta. Allí la vida transcurre a otro ritmo, la tranquilidad del pueblo nos cautiva casi tanto como el carácter de sus habitantes. Simpáticos, risueños, la risa siempre presente en toda conversación,… ¿será que llegamos a una aldea del África Occidental sin haber salido del Caribe? Como para no perder la noción del tiempo…

Si no hubieran sido las fiestas de Santa Rosa de Aguán ahí nos habríamos quedado. Afortunadamente no lo hicimos, ya que la vida nos condujo a otro de esos lugares en los que uno a veces cae por casualidad y no se lo acaba de creer del todo.

Santa Rosa de Aguán

La historia reciente de Santa Rosa de Aguán es jodida. Fue una de las poblaciones más afectadas por el huracán Mitch en 1998. El 28 de Octubre la parte baja del pueblo se inundó completamente como consecuencia del paso del huracán. Las aguas del río Aguán, que había aumentado considerablemente su caudal, no consiguieron salir al mar debido a una marea extraordinaria y al fuerte oleaje. Como consecuencia el río inundó completamente la parte baja del pueblo con una población superior a las 3,400 personas.

El impacto se sigue viendo más de 20 años después del desastre, ya que el huracán provocó un cambio en la morfología de la zona, dejando unas pequeñas islas de tierra en la desembocadura del río y el pueblo solo accesible por lancha desde Dos Bocas. En una parte del pueblo, donde antes había casas, ahora hay agua y dunas.

Santa Rosa de Aguan - Comunidad Garifuna

El impacto psicosocial también perdura todavía. No fueron pocos los que nos relataron con pesar cómo vivieron todo aquello, nos llamó la atención la necesidad que parecían tener de recordarlo, de contarlo. Muchos dejaron el pueblo o incluso emigraron a EEUU.

Se ve una comunidad apagada, algo pesimista. Muestra de ello es la celebración de las fiestas patronales. Lo que en otros tiempos eran fiestas memorables, con su buena reputación en todo el departamento, a día de hoy se han visto reducidas a una mínima expresión, en las que quienes parecen tener más interés por ellas son aquellos que las añoran desde EEUU y vuelven cada año en esas fechas intentando insuflar algo de energía al pueblo.

El contraste con la comunidad de Santa Fe era evidente. Aun así fue una experiencia muy especial. La gente del pueblo es encantadora, disfrutamos de sus fiestas, con desfile de moda incluido, una competición de jinetes, que ya después de un par de cervezas no atinaban con las anillas, y la estelar aparición del pilin pilin asustando a niños y sacándole una propinilla a los adultos a cambio de mantener la cara limplia. Nos quedamos, eso sí, con las ganas de asistir a la fiesta de “moros y cristianos”, que aseguraban ser una de las tradiciones garífunas más arraigadas… me quedé con las ganas de saber quién haría de moro y quién de cristiano.

Santa Rosa de Aguan - Pilin Pilin Garifuna

Después de dos días que nos supieron a poco emprendimos el viaje de regreso a San Pedro Sula como si volviéramos de Marte, y es que la vida en estas comunidades garífunas está a años luz del resto de Honduras. Estas comunidades son joyas, oasis en un país en el que la violencia de las maras y la corrupción política se han encargado de dejar detrás una sociedad sin esperanza, rendidos a un destino que aceptan como inevitable, que en muchos casos ve como única salida la emigración a los Estados Unidos. Si el ser humano fuera una criatura verdaderamente inteligente, la sociedad hondureña podría encontrar muchas soluciones en la cultura garífuna.

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