A Salto de Rana

Mujer con venda

Felicidad Descalza. La Historia de Danila que Ahora es Maya

Danila

Conocí a Maya en Mozambique (cuando ella era todavía Danila) en la casa de unas monjas con las que pretendíamos colaborar. En seguida nos caímos bien, lo cual desesperaba a las monjas más de lo habitual.

Las noches que nos escapábamos del convento (en el que dormíamos por decisión propia, para no gastar nuestro dinero), reíamos y maldecíamos a las bondadosas hermanitas de la caridad con la furiosa vehemencia que nos confiere el candor de la juventud. Unas veces porque nos habíamos enterado de su exigencia del diezmo a sus feligreses más pobres, otras porque habíamos sido testigos del maltrato psicológico que recibían algunas de sus alumnas o ayudantes.

Pero lo que nos sacaba de quicio hasta el delirio, eran las mezquindades cotidianas de nuestras anfitrionas, esas pequeñas miserias que hacen del ser humano un animal repugnante y patético y que las monjas deberían haber superado a base de oración y reflexión. O eso creíamos nosotras. Los chismorreos susurrantes sobre sus compañeras, las mentirijillas a modo de excusa para no ayudarse entre sí ni a los demás, los ataques a hurtadillas a la nevera común, los amuletos paganos bajo la falda, las llamadas furtivas de las novicias a sus amigos.

En realidad, hay pocas situaciones menos espirituales que un puñado de mujeres vendidas por sus familiares a la iglesia y obligadas a vivir juntas con unas reglas jerárquicas y organizativas demenciales.

Sin embargo, Danila y yo queríamos salvar el mundo… y a Ana, que siempre llegaba tarde pero que nos traía historias del suburbio de Maputo donde vivía. Ana contemplaba la violencia y el crimen de cerca y nos narraba otras crónicas que bien merecían nuestras indignadas palabras contra el mundo y, por supuesto, contra las monjas. Pasamos un año maravilloso enfadándonos, bebiendo y enamorándonos.

Después de aquello nos vimos poco, algo más Ana y yo que buscábamos como locas en Madrid algún plan tan interesante como aquel que nos llevó a África tan jóvenes y que cambió nuestra forma de entender el mundo.

Muchos años más tarde, Danila me avisó de que acababa de volver a su ciudad familiar, Palermo, tras casi un lustro viajando sin descanso por Asia. Tomé un avión y fui para allá sin pensarlo. La Danila que encontré me impactó, ahora se llamaba Maya, y entonces escribí estas líneas que hoy comparto en el blog.

Mujer de espaldas

Maya

Allí estaba esperándome, en la estación de autobús de la capital siciliana, descalza, tal y como había llegado desde Australia, pasando por los aeropuertos de Kensington, Brisbane, Dubai, Roma y Palermo, una nómada Pies Negros. No le preguntaron en las aduanas donde había olvidado sus zapatos, tal vez porque facilitaba el trabajo de la policía o quizás porque nadie se dio cuenta, los zombis de nuestro tiempo ya no reparan en las personas, bastante tienen con lo de más allá.

Era la misma chica que la de hacía siete años cuando nos despedimos en Mozambique, tal vez un poco más flaca, pero sin duda la misma energía. Es que ahora sólo comía fruta y algunas verduras cocidas. Pero de temporada, nada de invernaderos. Tomates en verano, higos en otoño, acelgas en invierno y nísperos en primavera. Cuando volvió a su tierra en plena paz espiritual, hacía unos tres meses, no pudo evitar enfadarse (a pesar de que ya no lo hace a menudo) al probar las naranjas del paseo, estaban amargas, no entendió esta crueldad por parte de los jardineros. Su madre tampoco entendió que no quisiera dormir en la cama, el suelo era más cómodo ahora para ella.

En todo caso, tanta incomprensión ya daba igual, cuando fui a visitarla estaba preparando su mochila para viajar de nuevo, nadie consiguió retenerla en Sicilia a pesar de los años pasados lejos de la familia y amigos. Quería ser libre, como mucha gente que conozco, incluso como yo, aunque reconozco que ella estaba más cerca de esta utopía.

Durante todos estos años sin vernos, yo permanecí la mayor parte del tiempo en África y ella emprendió un nuevo camino por Asia (Nepal, India, Myanmar, Tailandia, Malasia, Camboya, Laos, Vietnam, China) y Australia. Mi plan había sido trabajar y ahorrar para tener un colchón económico con el que poder viajar posteriormente. Pero ella había viajado y ya, sin sacrificios ni recompensas, me decía: “tener un backup de dinero es como desconfiar de la vida, es vivir en un futuro inventado”.

Joder, puede que tuviera razón, mientras yo me estaba apagando despacio creando expectativas sobre futuro, ella vivía el presente de mi mañana, mientras yo alimentaba mi ego profesional con ideas abstractas de éxito y de dinero, ella se desprendía poco a poco de él, vinculando su vida cada vez más a la naturaleza, la suya y la de fuera.

Su mochila se redujo a la cuarta parte: se deshizo primero del ordenador y del teléfono, y más tarde de la ropa, del cepillo, del champú y de los zapatos: “de la naturaleza se puede extraer jabón y pasta de dientes, los alimentos y el cobijo. Tus exigencias se reducen y, por tanto, tus necesidades. A veces crees que tienes que gastar dinero para comprar cosas, pero cuando no tienes televisión se te olvida, incluso llamar a la familia es una necesidad creada, si vives el presente tu familia es la del momento”.

Yo era la típica adolescente perdida, me gustaba beber, la ropa y los zapatos nuevos, buscaba la felicidad en las cosas materiales. Esto me da esperanza cuando veo a los jóvenes de hoy, porque si yo he cambiado tanto, cualquier persona puede hacerlo”.

Estudió psicología, transitando caminos que no le pertenecían. Un día le preguntó a su psicóloga qué podía hacer para ser más feliz, y ella no supo responderle, le dijo que tenía que nacer de ella.

En esta búsqueda, decidió viajar de voluntaria a Mozambique, donde yo la conocí y la adoré. Era una persona alegre y frenética a partes iguales, como todos nosotros, aunque bien pensado, quizás ella un poco más de todo. Tras un año juntas, Danila continuó explorando en otros lugares mientras yo me dedicaba a facturar y a disfrutar en vacaciones. Así fue como se enganchó al woofing en Australia. Trabajó, sí, pero por un ideal, para compartir experiencias e intercambiar conocimientos, no por recompensas materiales.

Actualmente, el único obstáculo que se le presenta para proseguir su aventura errante es el transporte. Ha viajado en autostop en muchos países, en Tailandia es facilísimo por lo visto, y en Vietnam más complicado, pero el avión… “no se pueden limpiar los baños de la agencia de viajes para conseguir un billete”. Una pena. Así que los vuelos a partir de ahora los pagará dando clases de yoga. Del resto no tiene miedo, nunca ha pasado hambre, sólo frío en Tasmania. “Es más fácil vivir sin dinero en los trópicos”.

Ahora me doy cuenta de que no, no es la misma Danila que conocí. Ahora es Maya, y su mirada es más limpia, su sonrisa más honesta, una vagabunda del dharma.

Curioseaba dentro de mí sin censurarme, pero me resultó imposible no sentirme juzgada ni reconocida en mi inferioridad, en el sentido de vacuidad que alimento cada día a base de cinismo. Después de encontrarme con Maya, ¿era posible volver a casa y continuar trabajando 40 horas a la semana?

Tal vez era el momento de aligerar la mochila y de continuar con las andanzas de juventud, de dejar de posponer ese ansia obvia de libertad y de no ceder ante la realidad encorsetada que se nos presenta como única alternativa, de buscar la felicidad descalza.

Pies sucios

Madre

Han pasado unos años de esta visita y ya no tengo un trabajo fijo como entonces. Todavía sigo la fórmula de ganar dinero primero y escapar después, pero ahora dedico mucho más tiempo a viajar que a trabajar. Muy lejos todavía de Maya, pero un poco más cerca de mí.

Tan sólo unas semanas después de encontrarnos, Maya conoció a un compañero de viaje tan libre como ella y lo suficientemente colgado para acompañarla. Recuerdo que me escribió varias veces contándome su adquisición de un perro de la calle al que consideraban como un hijo y la dificultad de moverse con él por el mundo. Llegaron a intentar meterlo en los barcos que navegan el Atlántico hasta América. Después no recuerdo mucho, algo de Venezuela y no sé si de Ecuador.

Seguíamos su pista Ana y yo desde Madrid como las madres que desconfían de la emancipación de los hijos, algo incrédulas de tanta confianza y felicidad, pero a la vez fieles admiradoras y defensoras de esa amiga a la que habíamos visto crecer.

Hoy Ana y Maya han sido madres de verdad, no me puedo imaginar otras mejores.

Maya ha dado a luz en la orilla de un río, bajo las montañas nevadas de los Alpes, sin acompañamiento profesional, con todo su instinto y el apoyo de su pareja. Me la imagino en el campo gritando sin restricciones, salvaje, consciente de cada segundo de dolor y de gloria. Ana se llevó su hija a un pueblito en el interior de una isla, empeñada en encontrar un ambiente más natural y libre en el que crecer.

Los niños de estas madres no se enfrentan a un mundo tan incierto. Tal vez sean sabios ya de nacimiento. Y felices. Quizás no tengan que pasar la vida obedeciendo, perdidos en el desconcierto de la libertad o embriagándose día y noche para no volverse locos. Puede que hayan aprendido sin querer a esquivar el tiempo, el pasado y el futuro, a vivir en un eterno presente inmortal, etéreos, livianos, levitando al tomar aire y acariciando el suelo al expirar. Les va entrar mucha risa o mucha pena cuando se den cuenta de en qué hemos convertido el mundo las generaciones anteriores.

O quizás no. Seguramente, el hijo de Danila va a comenzar de nuevo como si nada. Crecerá, caerá, se golperá y seguirá cualquier camino ya trazado hasta ser capaz de encontrar aquel por el que su madre nunca transitó.


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