Cruzar fronteras inmigración EEUU

Cruzando Fronteras: De Cómo Llegué de Honduras a Miami Vice

Pffff, este cebiche está agrio, los catrachos no sabemos cómo condimentar una buena leche de tigre… Estoy hastiado de esta tierra que me vio nacer, pero en la que apenas probé algo de felicidad. Aunque de cipote alguna alegría para el cuerpo sí que me di. Me llamaban Pupusón por mi desbordado apetito. Era fuerte, orondo y sonriente, mi cara parecía una de esas manzanas gordotas y pulidas con esmero de los mercados de abastos. Ahora ya de viejo, centenario con poco más de cincuenta, vivo prisionero en mi propio país, alimentado apenas con pan duro y cebiche agrio.

Mi mujer sí preparaba un cebiche de chuparse los dedos,  y un cremoso ají de gallina, envidia de todo el barrio; y el chicharrón de pescado que recién salia del horno todo crujientito; espera, espera, y la mejor papa rellena del mundo, con aceitunas y pasitas… esa sí que era una delicia. Aunque ya fue hace mucho tiempo, hace 10 años exactamente desde la primera vez que me deportaron.

De la segunda no quiero ni hablar. Me pillaron en San Diego y pasé tres años en el mamo por haber cometido el único delito de querer volver a mi hogar con un pasaporte que no tocaba. Esa es la verdad de las fronteras, que ni se ven ni se tocan, existen en la imaginación de tipos que transitan por el mundo sin reparos. Caraduras que han decidido ser más libres que yo.

Pues eso, como decía, la Rosita se quedó allá en Seattle, solita, cocinando para dos y sin pisto para ir al mercado. Otro marido se echó luego, claro. Por lo menos mi crío tiene un padre que no es bien el suyo, pero que ya le vale mejor que nada, que no le vio dar su primer paso, pero que le acompañará en todos los demás.

La vida sin ellos ahora es como este cebiche catracho, mal sazonado y ácido hasta hacer saltar las lágrimas.

Todo fue culpa del pequeño Bartolo, que tenía un tío en no sé donde, en Montana, creo, y siempre andaba suspirando por esas rubias de tez mortecina y labios finos como las líneas del horizonte. Quería agarrar los dólares de su tío y salir corriendo al paraíso.

Yo en verdad deseaba ir a Cuba a preguntarle a Castro sobre mi padre. Es que Fidel, catracho renegado como algunos sabrán, debía tener alguna idea de ese viaje del Ché a Honduras allá por el 53 en el que dejó preñada a mi madre. Ella nunca me habló directo de esto, pero en el pueblo todos lo sabían y se mofaban de mí por ello. Yo quería preguntarle a Castro que si por amistad podía adoptarme allá en la tierra que le acogió. Más que nada, para hablarle de cosas importantes de hombres, de las que una madre se espanta.

Pero el Bartolín era pesado y elocuente, y ya había convencido al resto para hacer la ruta hacia el norte. Pensé que si parábamos en Veracruz, desde allí podría tomar un barco a la isla donde mi padre hizo la revolución. Y no sé muy bien como fui yo el que al final continuó hacia los Estados Unidos.

De esos primeros días de viaje, recuerdo poco, íbamos bolos todo el tiempo. Tal vez el oleaje del mar y la sopa espesa de la tía María, que mitigaban la goma hasta la siguiente borrachera.

En mi memoria sí que ya aparecen con más nitidez los taquitos pastor de DF que Elvis me regalaba ocasionalmente, cuando yo ya andaba hule. Y todo por culpa del pequeño Bartolo que se empinó la plata del viaje abandonándonos por una morena entusiasmada con la paja que hablaba día y noche. Andará el cabrón todavía en Veracruz, en alguna cantina de mala muerte, soñando con el tío Jero.

Elvis y yo sí llegamos a la capital. Recuerdo que bajábamos desde Tepito al mercado de Sonora solo a probar los nuevos tacos que improvisaban cada día, para luego continuar a pata por Izazaga hacia Insurgentes. Yo siempre quería desviarme por Roma, porque en la mera esquina entre Obregón y Yucatán, el Pacheco preparaba las mejores carnitas que yo haya probado hasta el día de hoy. Esos deliciosos tacos de asadura y cuerito, con sus gotitas de limón y su ramita de cilantro.

Por la tarde, atravesábamos el bosque de Chapultepec y parábamos allí a chambrear un ratito. Un día, unos paisanos me llevaron a un antro de la Avenida Reforma para ver a Olga Breeskin que tocaba el violín en traje de baño y se enrollaba en el cuello una enorme serpiente.

Pero Elvis también andaba acabado y teníamos que darnos prisa para llegar a los Estados. Cruzamos el río Bravo en balsa y a pie, y unos compas nos escondieron durante días. Éramos lo menos 20, pero no teníamos miedo, íbamos siempre arriba y la pasábamos bien. A los del sur también nos apetecía pasear. Queríamos ver de primera mano como se las gastaban esos gringos fabricando dólares como locos.

Nos dividieron en 2 grupos, yo salí en la primera furgoneta y a Elvis le tocó después. Por sugerencia de un hermano, quedamos en reencontrarnos en un lugar específico de Miami, en el parquecito de la calle 8, donde los paisanos jugaban al dominó. La idea era chambear en esta ciudad primero, para continuar nuestro camino con el bolsillo más arropado. Pero a pesar de parar a diario por allí durante los siguientes meses, ya nunca más lo volví a ver.

En Miami no encontré más que cubanos, unos que estaban ya y los marielitos que recién llegaban. Los jodidos se llevaban mal y gritaban para el carajo. También había disparos a todas horas, decían que eran los narcos. No sé, era la primera vez que yo veía algo así. Ahora cuentan que la violencia es cosa nuestra, que llevamos la droga a Estados Unidos mientras nos matamos por el camino. Y la verdad es que me cuesta creer lo que pasa hoy en mi país, en mi ciudad, en este barrio en el que no se anda un paso sin pagar un precio. Pero lo que tengo tan claro como la luz que inunda cada mañana las calles sin asfaltar de La López, es que el relajo en que aquí vivimos es culpa de los gringos. Y de que fue allí donde empezó todo. En Miami. En Miami Vice.

Para no pensar en Elvis y en los demás, a veces paseaba por una calle solitaria a orillas de la playa, la Ocean Drive. El sonido de la brisa y del romper de las olas me ocupaba los sentidos, y la arena se me colaba por las medias hasta crear pequeños desiertos de esperanza en los pies. Luego me compré una chumpa blanca y en, no tanto tiempo, ya todos vestíamos a lo Sonny Crockett.

En la Little Havana se comían ricas baleadas y guisos cubanos. Lejos de la familia pero, de alguna forma, como en casa. Libre, explorando el mundo, sabiéndome capaz de todo. Mandé postales a todos los del pueblo, a la abuelita y a los hermanos. Y a mamita le dije que no había conocido a Fidel, pero que ya estaba más cerca, con todos mis compatriotas.

No volví a pisar Honduras en casi 30 años. Toda mi vida.

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