A Salto de Rana

Hombre y mujer de Veracruz

Cruzando Fronteras: Ay, Veracruz

A mí lo que me gustaba era pijinear con la mara hasta altas horas de la noche y echar unos bailes con las zagalas. El Guaco se ponía al acordeón y no había polca que se le resistiera.

Mi tío Jerónimo venía cada año de los Estados cargado de regalos para los cipotes. Ese sí que sabía hacer pisto. Su casa debía elevarse sobre una gran cordillera de dólares al norte de Oregón. Me imaginaba todos esos billetitos sobresaliendo de la rocas y precipitándose por los acantilados bajo su mansión. Así era el tito Don Jero de rostro cristiano.

Su mujer yanqui sólo visitó nuestra aldea en una ocasión, así que casi siempre venía solito y, como solterón, se le aposentaba en la sala de honor y se le ofrecían todo tipo de manjares y atenciones. Cuando llegaba el tito Jero, los maridos andaban fregados.

Entonces un día, el Pupusón, Elvis, el Ardilla, Francisco y yo, el gran Bartolo, el mero mero, decidimos escaparnos para ir a visitar al tío Jerónimo y tal vez ayudarle a gestionar ese vasto imperio que nadie sabía muy bien cómo había construido en Oregón.

Llevábamos más de un año sisando a los padres y ganando algunos centavos en pequeñas labores del campo. Viva Don Jero y la madre que lo parió.

Al caer el sol, nos ocultamos tras el follaje al final del villorrio y corrimos, corrimos como gacelas por el Camino Real hasta llegar a orillas del río Copán. Elvis ya lo había organizado todo para dejar territorio catracho en una barca de leños. Tomamos luego otros transportes y por ahí que nos ayudaron. Y volvimos al río en Petén.

Los chepos nunca iban tras nuestro, eran otros tiempos. Andábamos a la verga tomando todo el tiempo, maldiciendo nuestro pueblucho y venerando estas tierras nuevas que tantos misterios escondían.

Y, sobre todo, nos reíamos. No sé bien de qué. De los chapines y de nosotros mismos. De nuestra aventura y de la cara que imaginábamos que tendrían nuestras madres al enterarse que recorríamos el mundo sin obligaciones.

Y luego llegamos a México y, Dios amado, las mexicanas esas sí que eran bonitas y rezaban al Santísimo por nosotros y por veces nos ofrecían un cándido yantar. Solo por poner parte de esa hermosura a nuestra disposición, el esfuerzo ya había valido la pena.

Para cuando arrivamos a Veracruz, nos quedaban solo la mitad de los ahorros y, cuando quisimos continuar viaje, ya andábamos pelados. Bailábamos son cubano en la Plaza de la Reforma, y yo ya estaba enculado por una virgencita de 15 años y soñaba todo el día y toda la noche con quedarme a vivir allí.

Un día, de la casa de la tía María donde nos hospedábamos, el Popusón y Elvis habían desaparecido. En la mañanita no se encontraban por ninguna parte. Parece que habían guardado algo de dinerillo y bien que nos habían engañado en el calor de la noche cuando aseguraban no tener ni un pesito más con el que calentar las gargantas.

Pues así salimos volando de allí. Lo siento mucho por la tía María, que Dios le pague por la deuda que la dejamos y por los platillos tan sabrosos con los que degustaba nuestros paladares.

Rehicimos lo andado ya con menos gracia. Y volvimos a casa con el murmurar de la brisa. De la puerta del primer techo de madera de la villa, salían armoniosas notas musicales y un aroma irresistible a sopa de algarrobo. Era el cumpleaños de mi hermanita Mariela, que lo celebraba con gran pompa.

Interrumpimos el baile entrando con paso firme y voz autoritaria. Ardilla, Francisco y yo nos paramos en el centro de la estancia con los ojillos encendidos de la sabiduría del viajero. Adultos y expertos, habíamos conocido el mundo. Fueron unos segundos efímeros y gloriosos en los que sentimos los aguijones de envidia por parte de nuestros compadres.

Las reprimendas furiosas de nuestras madres no tardaron en llegar y enseguida nos vimos de pantalones bajados y orejas escocidas. Y no hubo nada más triste que los llantos de las madres que habían quedado huérfanas de hijos.

Pero, ay Veracruz, al cerrar los ojos yo nunca dejo de pasear por tu malecón y sentarme borracho a observar los cargueros que descansan en el horizonte para partir pronto de nuevo allá donde el alma no conoce, allá donde yo fui solo una vez.


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