A Salto de Rana

Mujeres Iranies - Hijab - Destacada

Velo Obligatorio para Mujeres Turistas en Irán

Mientras preparaba el viaje por Eurasia que culminaría en Irán, leí que las turistas también estaban obligadas a llevar velo durante su estancia en este último país. Me extrañó que tal imposición se aplicara a las infieles que, en última instancia, ya no tenemos ninguna posibilidad de redimirnos, dada la desafortunada elección del dios verdadero por parte de nuestro pueblo. Pero luego caí en que posiblemente no intentaban salvarnos a las turistas de nuestra ignorancia, sino que, obligándonos a cubrirnos la cabeza con el hiyab, trataban de evitar que los hombres iraníes se vieran tentados a pecar y, por tanto, a arder en el fuego del infierno. De hecho, recientemente he leído en la prensa algunas declaraciones de gobernantes iraníes muy originales, como que “el pelo femenino emite rayos sexuales que enloquecen a los hombres” o que “el uso del velo mantiene las buenas costumbres y previene el caos”.

Resulta sorprendente la concepción que estos dirigentes tienen de sus congéneres, considerándolos a todos violadores en potencia, pero, en fin, acostumbrada a las peculiaridades ridículas de cada país, lo acepté si más. Metí un par de pañuelos en la mochila y traté de no pensar mucho en ello antes de llegar. Incluso consideré que esta exigencia tal vez me permitiera acercarme a algunos aspectos culturales de la región.

A punto de cruzar la frontera por Armenia, le pedí al Indio que me ayudara a ajustarme el velo con un alfiler y, con la destreza propia del que ha visto a otras compañeras ponerse el pañuelo en Irak, la tela quedó totalmente ajustada al óvalo de mi cara, sin un sólo cabello fuera. Parecía que hubiera desayunado una caja de magdalenas esa mañana. Toda mofletes.

Así llegué a Tabriz, cual paleta de pueblo. Las iraníes acostumbran a llevar el pañuelo mucho más holgado, incluso a punto de deslizarse tras el moño o la coleta con el que lo sujeta. Qué estilo ellas… y yo qué palurda.

Durante los 2 meses que viajé por Irán hice algunas sesiones de espejo y estudié diversas modalidades de sujetarme el velo hasta conseguir pasar por local, hecho que a las turistas siempre nos llena de orgullo. Se me planteaba el dilema entre la comodidad de llevar la prenda y mantener la dignidad del turista. Siempre me ha interesado mucho la facilidad de los viajeros de entregarse a lo grotesco cuando se encuentran en país ajeno. Un plástico con forma de condón en vez de un chubasquero, el kit de explorador africano en una urbes, identificativos fosforitos del touroperador de turno… un sin fin de manifestaciones turísticas extravagantes que bien darían para un artículo o, incluso, para una enciclopedia universal.

Pero como iba diciendo sobre el pañuelo en este viaje, la comodidad estaba reñida con la dignidad. De este modo, cuanto más elegante intentaba parecer, más pendiente debía andar de que el velo se quedara en sus sitio, y más esfuerzo debía emplear en cerciorarme de su posición sobre mi cabeza. Con el velo fijado al estilo tradicional, el día resultaba más fácil y las fotos más ridículas. Así que según avanzaban las semanas, decidí dejar caer el velo la mayor parte del tiempo y solidarizarme con todas las mujeres iraníes que en algún momento se nos habían acercado para expresar abiertamente su rechazo a esta imposición.

Mujeres Iranies - velo - hijab

A estas alturas, ya era totalmente consciente de lo que estaba ocurriendo en el país. Las masivas protestas en las grandes ciudades por parte de mujeres activistas a la obligación de cubrirse habían comenzado en 2017. Durante 2018 y 2019, decenas de mujeres habían sido encarceladas por participar en diversas campañas que denunciaban la obligación de llevar el velo, la más conocida la del White Wednesdays (#whitewednesdays), en las que mujeres cuelgan en las redes sociales fotos de sí mismas descubiertas en lugares públicos. En algunos casos, las sentencias llegaban a los 20 ó 30 años de prisión, y las torturas a las que eran sometidas ya estaban comenzando a ser denunciadas por organizaciones de defensa de derechos humanos.

Efectivamente, llevar el velo en Irán me estaba acercando a entender mejor unas cuantas cosas y, en contra de lo que había pensado en un principio, mi posición se había radicalizado. Yo, turista crítica del turismo, antisistema de corazón y convencional hasta la médula, activista de causas que no son mías e incapaz de comprometerme con ninguna lucha a largo plazo, inconformista y nihilista a partes iguales, viajando para tratar de entender el mundo y sus singularidades desde la distancia de quién no tiene que enfrentarse al día a día de la injusticia, me vi participando en el berrinche colectivo de la mujer occidental que se opone a cualquier manifestación cultural que no cuadre con sus principios.

Primero fueron algunas conversaciones con hombres modernos y críticos con su gobierno, que relegaban la lucha de las mujeres a un segundo plano, como si se tratase de un asunto de poca monta. Recuerdo especialmente una charla con un profesor que, por un lado, presumió de permitir a las niñas retirarse el velo en su clase pero que, cuando le preguntamos específicamente por el movimiento de mujeres, dijo que lo primero que había que atajar era la corrupción, y comenzó a quejarse por una ley que le impedía construir un balcón más grande en su casa: “lo de las mujeres no es prioridad ahora mismo”, dijo tan pancho. Lo de su terraza, sí, claro.

Luego vinieron algunos “inocentes” recordatorios por parte de atentos señores, señalando mi nuca para hacerme consciente de que se me había caído el velo hacia atrás. E, incluso, un día de pañuelo relajado, me encontraba yo tranquilamente esperando a la salida de una tienda, y un chaval joven se paró delante de mí, clavó su mirada en mi flequillo, y a punto estuvo de soltarme unos billetitos, por puta.

Después, cuando las amigas con las que estaba recorriendo Irán se fueron y me quedé viajando sola con el Indio, la pataleta ya era incontenible. Aparte de comenzar a ser más consciente de la incomodidad del suplemento -me provocaba un asfixiante calor en determinados momentos, se me caía al agacharme a atarme los cordones, se me enganchaba con la mochila…-, se me juntó con tener que aceptar esas normas de respeto habitual en muchos países donde los hombres le dirigen la palabra exclusivamente a varón que viaja contigo.

Perdí la confianza en mí misma y en mi capacidad para desenvolverme en un país ajeno, y me convertí en una compañera de viaje huraña y protestona sin motivo aparente. Tengo que decir que también me encontré con algunos hombres que expresaron abiertamente su desacuerdo con la obligación de llevar el velo, pero fueron los menos y yo ya estaba bastante cabreada todo el tiempo.

Otro de los prejuicios que traía de casa y que cayó por su propio peso, fue la creencia de que si bien es verdad que en algunos países las mujeres están obligadas por su cultura a llevar estas prendas, en occidente nos vemos sometidas de la misma forma a otras imposiciones arbitrarias marcadas por los estrictos cánones de belleza. Somos comprensivas porque, de alguna forma, estamos todas en el mismo barco. Pero cuidado, en Irán las mujeres navegan en aguas turbulentas, las suyas y las internacionales, con las imposiciones de su propio territorio y las perversas exigencias de belleza occidentales. Por ejemplo, las cirugías, especialmente la rinoplastia, son parte de la cotidianidad de las mujeres que viven en la ciudad.

Así que el día que el Indio intentó meterme prisa para coger un tren, y yo me encontraba intentando componer el pañuelo para que quedara bien sujeto antes de salir, me planté. Respiré hondo y lancé todos mis desvaríos al retrete. Una brisa de cinismo y sentido común volvió a rescatarme. Me atusé el cabello con esmero y lancé la bufandita por encima de cualquier manera. Y entonces me dije: “estoy hasta los ovarios del puto velo”. No es que no fuera capaz de adaptarme a las estúpidas reglas impuestas por unos descerebrados gobernantes, es que no me daba la gana seguir fingiendo que no me importaba.

– Indio, por favor, vámonos a las islas del Golfo Pérsico. Necesito beber, fumar y poner la cabezota a la solana.

Después de nuestro paso por la playa iraní, uno de los destinos más interesantes de Irán y donde los códigos de vestimenta son mucho más relajados, por fin ya estaba preparada para continuar viaje por con otra disposición. Ay, la playa…

Mujeres Iranies - Golfo Persico - Hyjab

Ahora ya, desde otro lugar, no juzgo a Irán por sus gobernantes y sus políticos. Sería muy injusto. Irán es un país extraordinario, y eso lo demuestran sus mujeres que se arriesgan a alzar la voz por su libertad pese a los riesgos que supone para ellas y sus familias desafiar al régimen.

Por eso hoy, aún consciente de que cada mujer lleva el velo por motivos diferentes -y en Europa muy a menudo para reivindicar mayor visibilidad y una identidad propia lejos de la tutela de los hombres- no creo poder volver a repanchingarme en mi sillón orejero y soltar con el mismo ingenuo atrevimiento de antes los clichés progres sobre libertad y hiyab. Cada mujer es libre de llevar el atuendo que le venga en gana, pero a nosotras mujeres no se nos debería olvidar que muchas compañeras son condenadas a diario por reivindicar su derecho a no llevar velo.

1 comentario en “Velo Obligatorio para Mujeres Turistas en Irán”

  1. Manos Libres,
    Maravillosa descripción de tu condición de turista crítica con el turismo, antisistema, defensora de causas ajenas… brillante, me he sentido muy identificada. Y aún recuerdo aquella chica que nos dijo, “si fuésemos sin velo veríais los “ pelazos” que tenemos… ya os gustaría a vosotras”, mientras mostraba una melena rizada y tupida que ya le gustaría a las de pelo Pantene.. Por cierto, yo también acabé hasta los ovarios de tener que llevar obligatoriamente algo para evitar la tentación masculina… ¡que se tapen ellos los ojos y se aten sus impulsos!

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.